miércoles, 29 de julio de 2015

355



E. abre la puerta del coche, se acomoda en el asiento del copiloto con total tranquilidad, y fija la mirada impasible y abstraída en el salpicadero. J. observa a E. mientras agarra con desidia el volante. Estudia por unos instantes al hombre sin decir palabra, para después acelerar y salir a la carretera sin demasiada prisa.
-¿A dónde vamos? –pregunta J. con cierto aburrimiento en su tono.
-Donde sea. Me da igual. Lejos de aquí. –contesta E. con la vista clavada al frente.
-De acuerdo.
-De acuerdo…
-No tengo prisa.
-¿Cómo?
-No tengo ninguna prisa. Cuando y donde me diga, paro.
-No hace falta que pare. Usted conduzca lo que tenga que conducir.
-Entonces, a donde sea.
-¿No se desviará demasiado de su ruta?
-No tengo ninguna ruta.
-¿Ningún sitio a dónde ir?
-El único sitio al que quiero ir es al que usted me diga.
-Ya veo.
-Y ni de eso estoy convencido. –Cae el silencio. J. mira a E. de soslayo.- ¿Por qué se ha metido en mi coche?
-No lo sé. Quizá porque era el único que estaba parado al lado del arcén.
-No me había dado cuenta.
-¿Qué hacía ahí?
-¿Ahí dónde?
-Parado… al lado del arcén.
-Pensaba.
-¿Pensaba?
-Sí, pensaba.
-¿Y en qué pensaba?
-No lo recuerdo.
-Suena raro.
-Mi vida es demasiado rara.
-No creo que más que la mía.
-Apueste.
-No me gusta apostar.
-Era una forma de hablar.
-Aun así.
-Retiro la apuesta. -Silencio.- ¿Y ahora qué?
-¿Qué de qué? -contesta E.
-¿Qué pretende hacer?
-No lo sé. Tampoco me importa. Sólo me dejo llevar.
-Como yo.
-¿Cree que es la mejor opción?
-Lo desconozco. En realidad… ¿qué otras opciones quedan?
-¿El suicidio?
-¿Pretende que me quite de en medio, así, por las buenas?
-No pretendo nada.
-Parece que no le caigo muy bien. –dice J. visiblemente molesto.
-No sé a qué se refiere. Usted no me cae mal. La verdad es que ni siquiera me cae. Apenas le conozco.
-Aun así, quiere que me quite la vida.
-Yo no quiero que se quite nada. Me da lo mismo lo que usted haga. Sólo he dicho lo del suicidio como una opción a tener en cuenta. Pero tanto para usted como para mí.
-Mire, amigo, si quiere morirse, hágalo, pero no me meta en sus historias truculentas.
-No son historias truculentas. Y no quiero morir. Sólo que…
-¿Qué?
-Que me he cansado de luchar.
-Normal. Yo estoy reventado.
-Total, ¿para qué?
-Para otra hostia bien dada en la cara.
-Eso con suerte.
-Exacto.
-Así que lo mejor es… dejarse llevar.
-Como usted y yo ahora.
-Tal y como usted y yo en estos momentos.
-¿A dónde vamos?
-¿A quién le importa?
-¿No le espera nadie en casa?
-¿Qué casa?
-No he preguntado nada.
-¿Y a usted?
-¿A mí? Bueno, supongo que alguien me espera. Alguien… pero ya no espera… Se cansó… Y yo nunca llegué… No como antes… Nunca volví a llegar como antes… No… Simplemente se cansó.
-Lástima. Suena triste.
-Lo es. Todo es tan triste que dan ganas de vomitar.
-Si tiene intención de hacerlo, avise y detengo el coche. No quiero que me ponga todo perdido.
-No tengo ganas de vomitar. Es una frase hecha.
-No lo entiendo.
-No hay nada que entender. Es tan sencillo como suena. Si es que suena. ¿Qué hace usted aquí?
-Conduzco el coche.
-Puede…  Puede que sea cierto y puede que no.
-¿No me ve conduciendo? Mire, ahora tuerzo el volante y giramos a la izquierda. Eso sí que es sencillo. Y real. Como la vida misma. Tan sencillo, estúpido y real como todo lo que nos rodea. ¿No lo cree así?
-Ya no creo en nada. Ni en usted. Ni siquiera en usted. Es más, no creo que esté conduciendo. ¿Es esa su misión en la vida, conducir esta puta mierda de coche?
-No creo que sea mi misión, pero es lo que estoy haciendo. Mire, ahora vuelvo a girar. Si no estuviera aquí, ¿cómo se movería el coche?
-¿Quién le ha dicho que existe el coche?
-Nadie. Lo veo con mis propios ojos.
-Unos ojos que quizás ni siquiera estén mirando.
-Me está poniendo nervioso, ¿sabe?
-Me da igual.
-¿Por qué no se ha subido a otro coche?
-Era el único que…
-Sí, ya sé. El único que estaba parado al lado del arcén. ¡En qué momento lo hice!
-Para pensar.
-Exacto, para pensar. Y ni siquiera puedo recordar en qué cojones pensaba.
-No sería importante.
-O ni siquiera estaba ahí pensando.
-Puede ser.
-Sí, puede que no estuviera ahí, y tampoco esté aquí, y que todo esto sea… ¿Qué sería todo esto?
-Una ilusión.
-¿Una ilusión? ¿De quién?
-No lo sé. Quizá de alguien que nos está pensando.
-¡Oh, muy bonito! ¡Ya me quedo más tranquilo! Alguien me piensa y hago lo que él quiera.
-O simplemente le sueña. No es consciente de su existencia.
-Ah. Es curioso. Muy curioso.
-¿El qué?
-La cantidad de tonterías que suelta usted por la boca. No me extraña que quiera huir. ¿De verdad alguien le ha querido alguna vez?
-¿Le extraña?
J. se encoge de hombros.
-Bueno, casos más raros he visto.
-¿Usted?
-Yo no soy raro.
-¿Comparado con quién?
-Déjelo.
El coche se detiene en una explanada apartada de la ciudad y completamente desolada. Nubes grisáceas cubren el cielo y amenazan tormenta. J. apaga el motor del coche.
-Ya hemos llegado.
E. mira a su alrededor.
-¿A dónde?
-A donde sea. Baje del coche. Se acabó el viaje.
-Tiene razón.
-Es un buen lugar donde empezar, ¿no cree?
-Aquí no hay nada.
-Bueno, eso es lo que usted cree. Todo lo que ve no existe, ¿verdad?
-Yo no he dicho eso.
-Da igual lo que haya dicho. Salga del coche. Este es un comienzo como otro cualquiera.
-Sí. O un final.
-Para nuestra conversación y amistad, sí.
E. se baja del coche. J. arranca el motor y sale de allí pisando el acelerador. E. observa el vehículo alejarse y perderse entre las nubes de polvo que sus ruedas levantan. Suspira sin darse cuenta y se sienta en el suelo esperando que no haya tormenta. Nada más que decir.

viernes, 3 de julio de 2015

354



No estoy de broma. En el piso de al lado están hablando de mí. Ven, pega la oreja a la pared. Así, más cerca. ¿Lo escuchas? ¿Oyes lo que dicen? Ni siquiera les conozco. No sé quiénes son. ¿Vive alguien ahí? Creí que ese piso estaba deshabitado. Hace tiempo que lo está. Desde que se fue aquel tipo. ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo. No importa. ¿Lo escuchas? ¡Ahora! ¿Has visto? No estoy loco. Dicen continuamente mi nombre. No me mires así. Ya sé que podrían estar refiriéndose a otra persona, pero dicen cosas sobre mí que sólo tú y yo sabemos. Nadie más. Y algunas ni siquiera tú. No sé qué les he hecho. Desconozco por qué lo hacen. No les conozco. Ni siquiera les he visto salir del piso. Puede que me los haya encontrado en el portal y no me haya dado cuenta. Ya sabes lo despistado que soy. No me entero de nada. Pero esas voces… Llevan así un buen rato. Estaban gritando antes. No sabes qué gritos. Parecían discutir. Son un hombre y una mujer. Como tú y yo. Un hombre… y una mujer. Y no parecen llevarse muy bien. Bueno, puede tratarse de una simple discusión. Pero el hombre me odia. Y  la mujer, aunque más el hombre. Escucha… No, ahora no están hablando de mí. Pero en breve lo harán. ¿Qué les habré hecho? No recuerdo haberle jodido la vida a nadie. No hasta ese punto. ¡Qué insultos! No sé si ir y decirles algo. Aclarar esto. Si es que hay algo que aclarar. No, mejor me quedo aquí. Si algún día me los encuentro, tendré unas palabras con ellos. Esto es intolerable. No se puede venir así, avasallando; criticando a alguien que no conoces. De esa forma… Con esas palabras… No sé cómo habrán podido averiguar aquello. Ni siquiera a ti te lo he contado. No, no lo voy a hacer ahora. No es algo de lo que me sienta orgulloso. En realidad, es algo asqueroso que intento esconder desde entonces. Era muy joven… Un inconsciente. No me pidas que te lo cuente porque no lo voy a hacer. Además, no fue la única vez. Sucedió un par de veces más. Era inevitable. Yo… En fin, no puedo cambiar el pasado. Son cosas que suceden. Mira, escucha. Ahora están hablando sobre mí. La mujer… El hombre calla. Aunque, no veas lo que habla el tío. Ahora se ha callado. Su voz me recuerda a alguien. No, si va a resultar que les conozco. Sería gracioso, ¿verdad? Que no te voy  a contar lo que pasó. No insistas. No es algo de lo que me sienta orgulloso. Si te lo contara… No sé qué pensarías de mí. No sé si querrías seguir viviendo conmigo. Es posible que te enteres por los vecinos, sí. Es muy probable. Pero mientras no sepas nada de eso, mucho mejor. ¿Por qué me tiene tanto asco esa mujer? ¿Qué dices, que ahí no vive nadie? Eso pensaba yo, pero escucha las voces, joder. No me lo estoy inventando. ¿No escuchas nada? Imposible. Pega la oreja a la pared, como yo. ¡Joder, pega la puta oreja a la pared! ¡No te grito! ¡NO ESTOY GRITANDO! ¡Pega la oreja a la pared! Escucha lo que dicen. ¿Por qué habría de inventarme semejante locura? No, no me pasa nada. Estoy bien. Ya me lo has dicho. Ya sé que no vive nadie ahí, pero oigo perfectamente sus voces. ¡Joder, serán fantasmas! ¡Yo qué sé! Deja de mirarme así. ¡No me mires como si estuviera loco! ¡NO LO ESTOY! ¡Que no estoy gritando, hostia! Te digo que hay gente hablando sobre mí al otro lado de la pared. Gente. Más gente. Se juntan más. Hablan. No dejan de criticar. No me toques. No paran de sacar temas sucios. Como aquel… Como… ¡Déjame! Voy a ir a hablar con ellos. No deja de llegar gente. Serán unos diez. Veinte quizá. Hablando de mí. ¿Por qué no se preocupan de sus propias vidas? ¿Qué tiene la mía de especial? Se ríen… ¡Jajaja! Se están riendo. ¡DE MÍ! Esto es la hostia. Voy a ir. ¡Que me sueltes, joder! ¿Por qué lloras ahora? No llores. Cariño, lo siento. Vale, no voy a ir, pero deja de llorar. No puedo verte así. Lo siento. Ahora nos vamos a relajar y vamos a sentarnos en el sofá. Todo está bien. Si quieren hablar, que hablen. Ojala se traguen sus palabras… se mueran pronunciando mi nombre. Vamos, no llores más. Sentémonos. Todo está bien. Todo… está… bien…