martes, 12 de agosto de 2014

320



Setenta y siete años. Un brasero para calentar los pies y una botella para calentar el alma. Herminia no necesita más. Con la mirada perdida en la pared blanca de la habitación, deja pasar los días mientras se sienta en la mesa-camilla y recuerda viejos episodios de su vida en silencio. Mantiene así su temperatura corporal en unos treinta y cinco grados de forma constante, ya sea verano o invierno. Su marido, Ramón, hace tiempo que no ve su cara. Se pasa las horas muertas mirando por la ventana, mientras sujeta con desdén la correa de un perro baboso que no deja de cagarse y mearse en la habitación porque nadie le saca a pasear. Ramón siempre va con el sombrero puesto y perfectamente arreglado, aunque hace años que no pisa la calle. Herminia se ha olvidado de cómo es su marido. Ramón apenas recuerda cómo es su mujer. Los dos de espaldas, el uno al otro, como ignorándose, pero sin llegar a hacerlo del todo. Los dos saben que si uno falta, el otro se muere. Una vieja simbiosis que perdura por propio egoísmo. Herminia bebe de la botella un licor blanco y cristalino que entra en su cuerpo con demasiada facilidad. Ramón observa la calle soñando con pasear por ella de nuevo, pero tiene demasiado miedo. El perro se revuelca histérico en sus heces.
-Ese chucho empieza a darme verdadero asco. –comenta Herminia mientras se limpia la boca con el dorso de la mano.
Ramón ignora lo que su mujer ha dicho. Se limita a soñar despierto.
-Huele mal. –dice Herminia
-A veces, el motor del ascensor me despierta por las noches. –comenta Ramón.- No me deja dormir.
-¿Cómo puedes decir que duermes si no te apartas de esa maldita ventana?
-Puedo dormir de pie. Lo hago desde pequeño.
-De eso estoy segura.
-Ese maldito ascensor…
-¡Ese puto perro!
Cae el silencio. Herminia consulta su reloj y vuelve a dar un trago a la botella.
-Cada cinco minutos. Calculado. –dice para sí misma.
-¿Decías?
-Decía.
-¿Decías algo?
-Decía algo para mí.
-Ah.
-Oh.
Silencio.
Apenas se oye nada. El sonido constante y aburrido de un motor de algo que sube y baja al otro lado de la pared. Quizá el ascensor del que se queja Ramón. Puede que otra cosa.
-Tengo que encargar mi féretro. –dice Herminia.
-Como no llames por teléfono…
-Hay muchos modelos donde elegir.
-Escoge el más barato. Nadie se dará cuenta.
El perro ladra antes de tumbarse definitivamente en el suelo.
-Me gusta el cerezo. Es una madera muy elegante.
-Y cara.
-Y elegante.
-Y cara.
-Olvídalo. ¿Tú reloj va bien?
-No tengo reloj.
-Creo que el mío se ha parado. Tendré que contar los minutos yo misma. –Se lleva la muñeca al oído y escucha el silencio.- Definitivamente, ha muerto.
-¿Quién?
-Mi  reloj.
-Los relojes no mueren.
-Da igual. Se ha parado. ¡Vaya engorro!
-Aquí dentro el tiempo no cuenta.
-Será para ti. El tiempo pasa igual para todos en cualquier lado. Necesito saber qué hora es.
-Bebe de todas formas.
-Beberé.
-Más daño no puede hacerte.
Herminia le da un largo trago a la botella.
-¿Tú me quieres? –pregunta Ramón.
-Creo recordar que sí, aunque mi memoria falla mucho últimamente.
-Yo no sé si te quiero.
-Tu cabeza está aún peor que la mía.
-Puede ser.
-Lo es.
-¿No te gustaría salir de aquí?
-¿De dónde?
-De esta habitación.
-No. ¿Para qué?
-No lo sé. En realidad, no tengo ni idea.
-Tenía que pararse tarde o temprano.
-¿El qué?
-El reloj… Algún día tenía que morir.
-Los relojes no mueren.
-Pero nosotros sí.
-Sí.
-Creo que voy a escoger el cerezo.
-Me parece bien. Es una madera muy elegante.
-Y cara.
-Y elegante.
-Y cara.
-¿Qué más da?
-Por eso. ¿No preferías que escogiera el féretro más barato?
-Me da igual. Al fin y al cabo, en algo nos tendremos que gastar el dinero.
-Entonces, el cerezo. –Herminia levanta la botella e incrusta la boca en ella.
-Creo recordar que te amo. –dice Ramón.
-Ya no importa, cariño. En realidad, ya nada importa.
Cae el silencio, sólo roto por los susurros constantes de Herminia contando los próximos cinco minutos.

lunes, 11 de agosto de 2014

319



Saca la partitura para leerla en mitad del camino que conduce al bosque, pero es imposible descifrarla porque está manchada de sangre seca. Manchas parduzcas que impiden la completa visión de la música escrita. El hombre levanta la cabeza, mira al cielo durante unos instantes y guarda el papel en una bolsa de plástico que tira sin miramientos mientras inicia de nuevo su andar extraño, como si cojeara. Pero cualquier movimiento está perfectamente estudiado, hecho adrede, para despistar a posibles perseguidores. Tiene muchas mentiras en su cabeza, pero alguna verdad que le atormenta. Es eso lo que quiere destruir, dejar atrás, como un residuo oscuro y putrefacto en el camino. Hace frío. Se abrocha la chaqueta, se sube el cuello y penetra en el bosque respirando hondo. Va dejando caer tres grandes piedras ensangrentadas que guardaba  en los bolsillos de su pantalón. El paso se hace más ligero. Saca otra bolsa negra y se la coloca en la cabeza. No ve. Se choca con árboles y arbustos. Cae al suelo. Se levanta. Se agarra a las zarzas. Sangre que surge de sus manos sucias. No deja de refunfuñar, de quejarse, de maldecir. Palabras que la bolsa negra ahoga en su interior. Todo para pagar por un crimen que intenta borrar para siempre de su cabeza. El castigo por un pasado demasiado presente. Cae por un terraplén, se golpea con piedras salientes. Heridas que aparecen en su cuerpo roto. Se levanta como puede. Se marea. Está a punto de caer de nuevo, pero mantiene el equilibrio como puede. Suena la música de la partitura en la mente obtusa. Y cuando con el siguiente paso que da se encuentra el vacío más absoluto, ni siquiera piensa en nada. Sólo le da tiempo a soltar una palabrota antes de caer por el precipicio y abrirse la cabeza con una de esas piedras que antes había utilizado para matar a alguien por una razón estúpida.

miércoles, 30 de julio de 2014

318



-¿Qué tienes ahí, compañero?
-¿Esto? Una cantimplora.
-¿Me darías un trago?
-Como quieras.
-¡Joder! ¿Qué cojones es esto?
-Orina.
-¿Orina?
-Sí, orina. Meado... Ya sabes. Por aquí hay poco que beber y que comer.
-Sí, pero…
-Sacamos el líquido de las vejigas de los cadáveres poco antes de enterrarlos.
-Estás de broma, ¿no?
-¿De qué parte del infierno has salido tú?
-De la batalla del puente.
-Entonces no comprendes nada. Vienes de un lugar donde el agua es abundante. Lo siento por ti. Has aterrizado en el peor sitio donde podrías imaginarte. Aquí hacemos cualquier cosa para sobrevivir. Hasta beber meado de muerto.
-¡Es asqueroso!
-Es supervivencia.
-Has dicho hacemos…
-Sí. ¿Qué pasa?
-No veo a nadie más por aquí.
-No queda nadie más que yo.
-Y ¿por qué no te vas?
-Tengo que defender nuestra posición. Es lo que prometí.
-Nadie vendrá para ayudarte.
-Has venido tú.
-Yo he llegado hasta aquí de casualidad, huyendo precisamente de toda esta mierda.
-¿No te vas a quedar?
-¿Por qué? ¿Para qué?
-No lo sé. Podría decirte cien mil cosas y todas ellas mentira.
-Siempre podrías venir conmigo.
-No puedo. Lo prometí…
-Lo prometiste… No lo comprendo.
-Lo sé. Es difícil. Pero soy un hombre de principios, y cuando prometo algo, lo cumplo. Hasta el final.
-¿Me das otro trago?
-A todo llega a acostumbrarse uno, ¿verdad?
-No está tan mal cuando te quitas de la cabeza lo que es.
-Después de la guerra voy a envasar mil botellas como esta. Las venderé a precio de oro y me haré rico.
-La verdad… No veo mucho negocio ahí.
-¡Cómo que no! La gente se peleará por beber algo así. La mezcla de cien orinas de muerto. Imagínatelo. Diré que tiene poderes afrodisiacos y todo el mundo se lo creerá.
-Sigo sin verlo. ¿Crees que las autoridades te lo van a permitir?
-¡Oye! ¿Quién eres tú?
-¿Cómo?
- ¿Quién te envía?
-Nadie.
-Entonces, ¿a qué has venido? Quieres quitarme la patente, ¿verdad?
-¿Qué patente?
-¿Que qué patente? ¡Mi negocio, joder! Quieres quedarte con mi negocio de ordeñar muertos.
-Me parece que te equivocas. Yo no quiero quedarme con ningún negocio tuyo, y menos ese. Sólo te digo que no creo que nadie quiera beber orina.
-¡Tú mismo has dicho que no está mal!
-¡Porque no hay nada más que beber!
-Ahí hay un pozo.
-¿Dónde?
-Detrás de ti.
-¿Tienes un pozo con agua y sigues bebiendo orina?
-¿Verdad que es deliciosa?
-¡Tú estás loco!
-La gente hará colas para beber algo así.
-Piensa lo que quieras. Yo me voy.
-No te vayas, por favor. Aún no.
-No quiero pasar ni un minuto más en este sitio.
-Pronto vendrán los otros.
-No va a venir nadie.
-¿Nadie?
-Como lo oyes. Nadie.
-Y, ¿de dónde voy a sacar la orina?
-Hay otras batallas. El continente entero está plagado de muertos.
-Sí, pero tendría que abandonar mi posición.
-A nadie le importará.
-A mí sí. Toda la vida sabré que he roto una promesa.
-Como quieras. Yo he de seguir mi camino.
-¿No tienes ganas de mear?
-La verdad es que no.
-¿Podrías rellenar la cantimplora con lo que has bebido?
-No tengo ganas de mear, lo siento.
-¿Vienes aquí, te bebes lo poco que me queda, intentas quedarte con mi negocio y te vas como si nada?
-Te repito que no quiero quedarme con ningún negocio tuyo.
-¡Cabrón!
-¡Eh! ¡Eh! ¡Sin faltar! Además, ¿por qué no bebes agua del pozo y cuando vayas a mear rellenas la cantimplora tú mismo?
-No es mala idea. Pero mi orina no sabe igual.
-¿Es de peor calidad?
-Es distinta. Es mía.
-Vale, vamos a hacer una cosa. Voy a esperar a tener ganas de mear, y cuando termine de rellenarte la cantimplora me iré y adiós muy buenas. ¿Te parece bien?
-¿Harías eso por mí?
-¡Claro! ¿Qué otra opción me queda?
-Entonces, me parece bien.
-¡Dios, espero que termine pronto este infierno! No sé qué más he de hacer para salir vivo de esta maldita guerra.
-¿Has probado la carne de niño?

martes, 29 de julio de 2014

317



Subo y bajo en el ascensor. Lo hago todos los días, pero hoy he decidido no salir. Tengo el presentimiento de que me llevará a algún sito distinto al edificio que recorre de arriba a abajo, como una vieja máquina del tiempo. Da igual dónde. ¿Una isla? Cualquier cosa es mejor que este sitio gris plagado de oficinas vacías. Oficinas o apartamentos, o qué sé yo. ¿Dónde estoy? Ella me dejó una carta. Sonrió antes de irse. Se colocó un viejo sombrero sobre su pelo rubio y salió por la puerta. La puerta… Quiero que se abran las puertas del ascensor. Todos los pisos son iguales. Luces apagadas. Falta de vida. Es imposible escapar de aquí. Pero no cejo en mi empeño. “No soporto más esta situación…”, escribió con letra de colegiala malcriada. “Me voy… No me busques”. Y no la busco. Sólo quiero emigrar. Quizá el ascensor no sea el mejor medio de transporte. Puede que no tenga otro a mano. “No me busques…” No tengo intención. Olvidar. Pero es imposible. Doy al botón del piso más alto para luego bajar hasta el sótano. Y vuelta a empezar. ¿Cuánto tiempo llevo así? No lo sé. Desde que se fue, quizá. Puede que toda la vida. Sin darme cuenta… ¡Qué más da! Sé que de un momento a otro las puertas se abrirán y veré un sendero oculto por el que podré desaparecer. Mientras tanto, espero. No dejo de esperar. Siempre esperando. No hay nada más. No existe más. “No me busques… Sólo quiero ser feliz”. Ser feliz… No lo era… Nunca lo fue…. No conseguí hacerla feliz. Y me lo dejó claro. Para que sus palabras fueran una tortura diaria en mi mente inmadura. Y las letras se clavan en mi cerebro gelatinoso y tembloroso como gusanos de grafito que hacen túneles en los pensamientos continuos. Sonrío, no sé por qué, quizá porque todo es un gran chiste. Aprieto de nuevo el botón. Miro arriba. Vuelo, me deslizo por el edificio. En algún momento saldré, y será para siempre. Cuando las puertas se abran como un telón hacia otro mundo. No me importa esperar. Es lo único que me queda. Último piso. Ahora abajo... y vuelta a empezar.