martes, 30 de junio de 2015

353



Bajas tranquilamente las escaleras del colegio en un luminoso día de primavera en el que nada malo puede suceder. Una suave brisa golpea tu rostro acalorado y lo agradeces en silencio. Sólo esbozas una tímida sonrisa. Te esperan tus clases de teatro y poco más. La vida, en estos momentos, tiene poco de complicado. Deslizas tu cuerpo hormonado por los escalones abajo como si flotaras, como si fueras una especie de fantasma entre tanto jaleo. Los alumnos salen gritando y riendo, haciendo el máximo ruido posible para afianzar su propia identidad. Tú no. Hoy no. Entonces la ves, rodeada de tus amigos, al final de la escalera, apoyada en un coche, con esa sonrisa por la que tantas veces has suspirado. ¿Cuánto hace que se fue del colegio? No lo recuerdas, pero parece una eternidad. La ves más mayor, un poco más adulta. Incluso se vislumbran un par de hermosos bultos en su pecho preadolescente. Tu cara arde. Uno de tus amigos te llama y te dice que vayas. Saben lo que has sentido por ella. En realidad, medio colegio ha sentido lo mismo que tú. No eres especial. Pero, en algún momento dado, te lo has creído. Te acercas. Chicos y chicas la rodean. Hablan entre ellos. Ríen. Es la sorpresa de un día cualquiera. Según avanzas, notas tu rostro enrojecer. Tiemblas, pero sigues firme. Ya estás a su lado. La miras y tu corazón estalla. Saludas con una sonrisa nerviosa. Y ella apenas responde. Alguien te dice que le des dos besos. Eso es de mayores y lo sabes, pero quieres crecer de inmediato. Ni siquiera oyes a tu voz interior que te advierte que no lo hagas. Da lo mismo. Te has crecido estos últimos meses. Pones la boca en posición y acercas tu cara a la suya. Sin embargo, ella aparta la cara con sorpresa y desprecio. Todos son testigos. Y entonces se oyen las risas. Tú sólo quieres desaparecer en ese mismo instante. Te das la vuelta. No dices nada. Sales corriendo. Oyes las risas alejarse, pero la vergüenza te acompaña. Se mete dentro, ennegrece tu interior. Entras en clase de teatro y todo parece volver a la normalidad. Sin embargo, nada volverá a ser lo mismo. Y lo sabes.

viernes, 26 de junio de 2015

352



Es la sensación de estar harto.
Es la hartura de sentir. 
Es lo que no sale y sin embargo avanza. 
Es la mierda que hay que tragar. 
Es el trago que tienes que soportar. 
Es la visión de la nada. 
Es la nada convertida en cero. 
Es la desidia mudada en hábito. 
Es la cotidianidad saboreada por la malicia. 
Es el corazón en la garganta como acto vital. 
Es la cobardía de no saber estar.
Es el estar siendo un imbécil a todas horas.
Es el sentirte como tal.
Es la canción que una vez oí convertida en vómito. 
Es el sueño que nunca se cumplió. 
Es la mentira como forma de vida. 
Es la vida transformada en una enorme broma.
Es el no confiar, no querer, no ser.
Es ver cómo todo lo que creías no existe. 
Es saber que lo que existe no vale nada. 
Menos que eso.
Menos que cero. 
Es encontrarte con caras extrañas en los cuerpos de viejos conocidos.
Es la gente nueva que te habla sin parar. 
Es detenerse, sentirte raro y no saber qué hacer. 
Es el preguntarte todos los días qué va a pasar. 
Es el intentar pasar de puntillas por el resto. 
Es el resto regurgitado con asco.
Es el asco asqueroso que no me deja tragar. 
Es la infancia transformada en mito, 
y el resto de tu vida en algo que no sucedió. 
Es el querer hacer y no poder. 
Es no poder por no querer. 
Es ralentizar lo inevitable. 
Es esconderse continuamente para no recibir metralla. 
Es la rabia que me ahoga. 
Es la sensación de no haber hecho nada bueno en mi vida.
Es la resaca de recibir la bofetada,
y cuando te estás recuperando, recibir otra más.
Es el no querer levantarse por las mañanas. 
Es el refugio alcohólico mezclado con pastillas naranjas. 
Es el permanecer dormido las veinticuatro horas.
Es el no soñar más.
¿Para qué? 
Es no cambiar el discurso. 
Es escribir y hablar siempre de lo mismo, 
si es que se escribe o se pronuncia una sola palabra.
Es no ver futuro. 
Es sentir demasiado el presente. 
Es encontrarse con la farsa del pasado 
y darte cuenta de que lo único que creías auténtico, tampoco sucedió.
Es que hoy es hoy. 
Es lo que hay.

martes, 23 de junio de 2015

351




Héctor vuelve a casa como cada día. La misma hora de siempre. Viene cansado, agotado, sin ganas de hablar. Sabe que su mujer y sus hijos le esperan al otro lado de la puerta, y es el único consuelo que aún le queda a estas horas de la noche. Piensa en la cena mientras saca la llave del bolsillo de su pantalón y no puede evitar un rugido procedente de su estómago vacío. No tiene muchas ganas de hacer el amor, pero puede que haga un pequeño esfuerzo. Al fin y al cabo, ya han pasado tres días desde la última vez. Héctor adora a su mujer. O eso cree. Mete la llave en la cerradura y la puerta no se abre. Lo intenta un par de veces y la cerradura no corre. Saca la llave y la vuelve a meter. Extrañado, comprueba que la puerta sigue sin abrirse. Mira a su espalda para verificar que no se ha equivocado de piso. Alza la vista y ve que es el número de su casa. Sin embargo, la puerta sigue cerrada. Lanza una palabrota mientras aprieta la llave a un lado al otro. De repente, la puerta se abre, pero no gracias a él. Un hombre de unos cuarenta años vestido con un pijama oscuro le observa con expresión seria desde el interior de su apartamento.
-¿Qué hace? –pregunta el hombre del pijama.
-¿Quién es usted? –dice Héctor con cierto nerviosismo.
-No creo que eso le importe a usted.
-¿Qué hace en mi casa?
-¿Su casa? Mire, amigo, dese la vuelta y márchese antes de que le rompa la cara de un puñetazo.
-¡Esta es mi casa! –Héctor empieza a no comprender nada en absoluto. Su nerviosismo va en aumento.
-Debe haberse equivocado de piso. ¿Está usted borracho?
-No he probado una sola gota de alcohol. Esta es mi casa. Siempre lo ha sido. ¿Y mi mujer?
-¿Su mujer?
-¿Y mis hijos?
-¿Cuál es su dirección?
-Calle del Olmo uno, tercero A.
-Sí… -comenta el hombre extrañado-. Esta es la dirección.
-Déjeme entrar. Necesito ver a mi familia –dice Héctor abalanzándose a la puerta.
El hombre del pijama le obstruye el paso, y de un empujón le manda a la pared de enfrente. Héctor choca violentamente.
-¿Está usted de broma? Márchese o llamo a la policía.
-¡Pero esta es mi casa! ¡Todas mis cosas están ahí! ¡Mi familia…!
-Aquí no hay nadie más que mi mujer y yo.
-Esto es absurdo. He salido esta misma mañana de aquí para ir al trabajo.
-Imposible. Llevo viviendo en este piso hace más de siete años.
Héctor se lleva las manos a la cabeza.
-Me estoy volviendo loco. ¿Es esto alguna especie de broma? Dígale a mi mujer que estoy demasiado cansado como para aguantar estas gilipolleces.
En ese momento aparece por la puerta una mujer rubia con rostro preocupado que observa  de forma alterna al hombre del pijama y a Héctor.
-¿Ocurre algo? ¿Qué pasa?
-Nada, cariño. Este hombre que se cree que vive aquí. Métete para adentro. Ya me ocupo yo.
Héctor se fija en la mujer y, aunque cambiada en cierto aspecto, reconoce al instante a su propia esposa.
-¡Cariño! –dice Héctor extendiendo los brazos y una alegre sonrisa en su rostro.
-¿Cariño? –pregunta asustada la mujer.
-¡Es mi esposa! –grita Héctor desesperado.
-Mire, amigo, ya me está cansando. O se va, o de una patada le hago bajar todas las escaleras.
-¿No me reconoces? ¿Qué coño te pasa? No estoy para bromas, cariño. Hoy no. Si quieres, otro día nos reímos de todo esto juntos. Pero hoy no. Sólo quiero cenar e irme a la cama. Estoy demasiado cansado.
-Será mejor que llames a la policía –dice el hombre del pijama a su mujer sin despegar sus ojos de Héctor.
Sin embargo, la mujer no se mueve.
-¡Dios! ¡Pero, ¿qué te ocurre?!
-Amigo, deje de gritar.
-No me mires con esos ojos como si no me conocieras –dice Héctor ignorando al hombre del pijama-. Te llamas Cristina. Tienes cuarenta y cinco años y dos hijos. El pequeño se llama Samuel y el mayor Carlos. Diez y doce años, respectivamente. Llevamos más de quince años casados, y unos veinte desde que empezamos a salir. Trabajas por las mañas en un bufete y por las tardes te ocupas de los niños…
-¿Quién cojones es este individuo? –Pregunta la mujer con voz temblorosa al hombre del pijama.- ¡Está loco!
-Llama a la policía –ordena su marido.
-¡No! –Grita Héctor- ¡No te vayas!
La mujer entra al interior del apartamento y desaparece.
-Será mejor que se vaya antes de que tenga problemas –advierte el hombre del pijama.
Héctor agacha la cabeza. Respira hondo.
-Esta es mi casa, maldito cabrón –susurra lo suficientemente alto como para que el otro le oiga.
-Bueno, ya he tenido bastante paciencia –dice el hombre del pijama mientras coge a Héctor del pecho.
Los dos se zarandean, pero Héctor parece tener menos fuerza que su contrario. Un par de puñetazos sin respuesta. Unas palabrotas. El hombre del pijama acerca a Héctor a las escaleras y lo lanza abajo. Cae rodando como un muñeco. Se hace un par de brechas en la cabeza y otra en la ceja, pero cuando deja de rodar no sufre lesiones más graves. Sangra profusamente por las heridas abiertas. Se levanta dolorido del rellano. Observa al hombre del pijama, que le mira con rostro pétreo desde lo alto de la escalera. No dice nada. Ninguno de los dos suelta palabra alguna. Sólo se miran. Pasados unos segundos, el hombre del pijama se da la vuelta y vuelve a su casa. Se cierra la puerta. Las paredes tiemblan. Héctor hace lo propio y continúa bajando el resto de escalones que le separan hasta la calle. Una vez fuera, el viento gélido le da un bofetón en la cara. Se pregunta dónde irá a estas horas, y lo que es aún más importante, quién es en realidad.