miércoles, 26 de noviembre de 2014

329



 
De acuerdo. Ahí está nuevo, mirándome. ¿Quién es? No lo sé, aunque él parece saber quién soy yo. Continúo andando y él hace lo propio desde el otro lado de la calle. Es un hombre vulgar, sin ningún rasgo físico destacable. En realidad, su rostro se me presenta como difuminado, como si aún no estuviera hecho del todo. Suena raro, lo sé. Pero todo este asunto es bastante raro de por sí.
La primera vez que le vi fue… No recuerdo. Quizá hace un año. Puede que menos. Surgió de entre la multitud que se agolpaba en las calles del centro de la ciudad. Tranquilo, sin moverse, sólo observándome mientras clavaba las manos en los bolsillos de su abrigo gris. Me percaté de su presencia. Le observé. Parecía sonreír, pero al instante deseché la idea. Ni siquiera era capaz de definir su gesto. Me puso nervioso su mirada. Seguí andando y comprobé alarmado que me seguía a poca distancia. Intenté perderme entre el gentío, pero el sujeto parecía adivinar cada uno de mis movimientos. Salí a una plaza más o menos despejada, sudando y jadeando como un prófugo. Le vi aparecer detrás de mí. Se quedó parado en una esquina, mirándome, con una tranquilidad que me puso aún más nervioso. Le grité que qué quería. Es cierto que rocé la histeria. No pude remediarlo. Tras unos segundos en completo silencio y sin hacer nada, se dio la vuelta y volvió por donde había venido.
Pensé que todo había acabado. Sin embargo, han sido varias las ocasiones en las que me lo he vuelto a encontrar, en los lugares más extraños, a las horas más intempestivas: esperando en el servicio de un bar de carretera; sentado a una mesa en el mismo restaurante donde cenaba con mi madre; llamando por teléfono desde una cabina; ordeñando una vaca en el pueblo donde pasé mis últimas vacaciones… Siempre he terminado huyendo, temiendo que esa persona, ese extraño personaje me pudiera hacer algo malo. Hasta la última vez que le vi, hará un par de semanas o así. No pude resistirlo. Fui a por él. No corrí, no grité, sólo le pregunté, le planté cara. Le hubiera golpeado si hubiera podido, pero, como en la primera ocasión, se dio la vuelta y desapareció.
Ahora le tengo en frente.
Y no sé qué hacer.
Tengo miedo.
Salgo corriendo.  Sin mirar atrás. Sin saber si el hombre me persigue. Sería inútil planteárselo. Siempre me encuentra. Siempre sabe dónde estoy. Lo único bueno de toda esta situación es que aún no ha entrado en mi casa. Mi casa… Necesito llegar a mi casa. El lugar donde realmente me siento seguro. No sabe dónde está. ¡Jajaja! Un año persiguiéndome y desconoce dónde vivo. ¡Jajaja! ¡Qué inepto! ¡Qué personaje estúpido!
Cruzo una calle sin mirar. No veo el coche que se acerca. Tengo tiempo de escuchar el sonido de los frenos y de estirar mi cara en una mueca ridícula de sorpresa y horror. El golpe me hace volar y caer sobre el asfalto con todo mi peso. El mundo se transforma en burbujas grisáceas que distorsionan mi visión. Noto el sabor oxidado de la sangre en mi boca abierta. Oigo como se abre la puerta del conductor. Unos pasos se acercan. Alguien dice algo en la lejanía. Curiosos que se arremolinan ante mí. El conductor, o así lo supongo, se abre paso y se queda mirándome. Entonces, sólo quiero morirme. Su rostro es el del hombre que me ha estado persiguiendo todo este tiempo, el causante de que ahora mismo esté en el suelo con el cuerpo retorcido por las heridas y los dolores. Una punzada de terror se aloja en mi estómago. Tengo ganas de gritar. En realidad lo hago cuando veo que todos los que me observan en silencio tienen la misma cara difuminada de mi perseguidor. Todos. Hombres y mujeres. En silencio. Mirándome. Sin hacer nada, sólo viendo cómo me arrastro e intento huir. Suelto un alarido y me sumerjo en la oscuridad de la inconsciencia, de la que espero no volver a salir. Temo lo que pueda llegar a ver una vez despierte.  

viernes, 21 de noviembre de 2014

328





Como un acto obsesivo. Como una obsesión enfermiza. Como el enfermo que es, que se siente como tal, no deja de ver imágenes de paisajes nevados y completamente desérticos, mientras escucha de forma repetitiva una antigua banda sonora que en otro tiempo, hace mucho, le despertó los sentidos. Ecos de otra época. Lejana. Demasiado. Y así pasa el día, y parte de la noche, soñando con estar en medio de esa desolación blanca donde los seres humanos son escasos, por no decir nulos, y los animales son dóciles criaturas que nada malo pueden hacer. Bosques blancos en los que la nieve se extiende inmaculada hasta el infinito; grandes copos que cuelgan de las ramas desnudas de árboles como nidos de arañas; lagos helados donde los patos retozan alegremente, y al fondo, la cálida luz de una casa perdida en mitad de la nada. Sueña con estar ahí, con prepararse un bebida antes de irse a la cama y contemplar el paisaje en el más absoluto silencio. Y pasa un día, y otro, y otro más. Hasta completar una semana, hasta comerse un mes, hasta avanzar con pasos lentos y soporíferos a la consecución de un año. Con los ojos rojos por no descansar y tener la vista pegada a esas imágenes. Y el disco vuelve a sonar. La misma melodía. La misma santa melodía, que no es ni buena ni mala. Quizá un poco lacrimógena. Suicida. Estúpida. Pero que le hace recordar cuando las cosas eran, a lo mejor, más sencillas. Y se pregunta cuándo empezará su vida, cuándo despegará por fin, sin darse cuenta de que su vida ya hace tiempo que ha empezado y que está más cerca del final que del principio. Afuera comienza a nevar y ni siquiera se percata de ello.

martes, 18 de noviembre de 2014

327





Te miras en el espejo y no ves al niño que fuiste. Lo buscas entre las arrugas, las ojeras, los pliegues eternos de tu rostro, las entradas que anuncian una calvicie inminente. Nada. Ya no queda nada de ese chico que soñaba con cosas imposibles y creía que por las noches los payasos del circo hacían reuniones mudas en el salón oscuro de su casa. Se ha difuminado la eterna sonrisa de un chaval que creía que la magia existía. Pero la magia sólo era posible entonces, cuando realidad y ficción estaban separadas por una fina lámina de gelatina que era posible traspasar; cuando los sueños eran algo más que estados previos al descanso; eran películas que protagonizabas y sentías. Ahora te cuesta imaginar. Tienes el cerebro oxidado, abollado de tantos golpes, seco. Te limitas a levantarte por las mañanas y dejar que pase el día, para volver a hacer lo mismo al día siguiente. Y así hasta… ¿Hasta cuándo? Sufres un escalofrío al pensar en ello. Oyes el silencio de la casa que con tanto esfuerzo pagas cada mes y te preguntas para qué sirve todo esto. Deseas que ese niño vuelva y te diga un par de cosas, que te haga reír, te monte en la bicicleta que los reyes magos le trajeron las últimas navidades, te cuente chistes, te hable de la última película que fue a ver, te recuerde a los amigos con los que compartías tu infancia. Quieres que te despierte de esta pesadilla que es vivir. Porque sabes que la magia no volverá. No, y eso te entristece. Tienes ganas de llorar. Ya es imposible que los sueños se cumplan. Ni siquiera tienes sueños. Ni siquiera sueñas ni haces el esfuerzo por soñar.  ¿Para qué?
Sales del cuarto de baño con un suspiro ahogado en la garganta mientras te aprietas la corbata. Ves a tu mujer tomando una taza de café frente a la radio. Tanto el aparato como su mirada están apagados. Ves lo mismo en ella que has visto en ti hace un momento. No sabes si llorar o gritar. Te limitas a darle un beso en la mejilla.
-¿Y los niños? –preguntas sabiendo que se han ido sin decirte nada.
-¿Qué? –responde tu mujer somnolienta.
-Nada.
No desayunas. Fumas un cigarro y después otro. Con suerte eso acelerará tu carrera hacia la muerte. Piensas que no tienes ganas de trabajar y te preguntas dónde estará aquella vieja bicicleta que tuviste cuando eras niño. Intuyes que con suerte la habrá fundido algún chatarrero. Sin embargo, te gustaría montar en bici y recordar la libertad que sentías cuando hacías peligrosas carreras por las calles de tu barrio. “Podíamos haber muerto si algún coche hubiese aparecido en el momento justo”, piensas, pero nunca pasó tal desgracia. Sabes que si lo intentases ahora, no uno, sino, con toda probabilidad, más de dos coches te pasarían por encima. La magia se pierde cuando uno crece. Desfila por tu cabeza la estúpida idea de coger una de las bicicletas de tus hijos e ir al trabajo en ella. ¡Qué coño! ¡A lo mejor hasta dejas de ir a trabajar! A lo mejor sigues pedaleando hasta salir de la ciudad. Puede que incluso no pares hasta el anochecer, y entonces, dormirás en el primer pueblo que encuentres para seguir pedaleando a la mañana siguiente. Hasta que te hartes, hasta que consigas escapar de todo lo que has construido. La idea se presenta atractiva. Acaricias las llaves del trastero. Sonríes. Las coges. Das un beso a tu mujer y sales de casa silbando. Conforme bajas las escaleras, el silbido se convierte en un soplido seco y sin melodía. Ves la puerta del portal que da a la calle y las escaleras que bajan al trastero. Te preguntas qué habrá de menú en la cafetería donde sueles comer y sales a la calle sabiendo que has matado otra parte del niño que fuiste.

jueves, 6 de noviembre de 2014

326






Mi padre solía sentarse todos los días delante de la chimenea sin hacer otra cosa que observar con ojos sin vida el vacío que albergaban esas paredes ennegrecidas. Así estaba desde el día en que perdió el trabajo un año antes. Parecía que le habían arrancado la vida entera en aquel preciso instante en el que le dieron el sobre con su última paga y le dijeron adiós.
Decir que solía sentarse todos los días delante de la chimenea no es del todo cierto. En realidad nunca le vi levantarse de aquella vieja silla de madera que tenía toda la pinta de clavarse a su cuerpo como un punzón del que él no parecía darse cuenta. Allí estaba día y noche, absorto en sus propios pensamientos, delirando en el interior de su cerebro seco, sin decir nada, sin moverse. Yo le miraba cuando pasaba por delante del salón, preguntándome cosas que para un niño de once años eran demasiado complicadas incluso tratar de pensarlas. Le miraba, notaba un dolor extraño en la boca del estómago, salía corriendo a mi habitación, donde me encerraba del resto del mundo, y respiraba cierta libertad.
Mi madre, mientras tanto, no salía de la cocina. A veces iba a comprar la comida, pero el resto del día, hasta la hora de dormir, se pasaba las horas muertas cocinando y guardando comida que después se echaba a perder en la nevera. Kilos de alimentos podridos que se amontonaban en los diversos estantes helados. A las nueve y media de la noche, con una puntualidad enfermiza, mi madre apagaba la luz de la cocina y se iba a la cama.
Un día, después de volver del colegio, me atreví a acercarme a mi padre. Antes de llegar a él, un hedor profundo a sudor, a suciedad, a mal aliento mezclado con enfermedad, llegó hasta las pequeñas fosas de mi nariz. Torcí la cabeza asqueado. A punto estuve de dar media vuelta y correr a mi habitación, pero aquella tarde estaba decidido a hablar con mi padre. Cuando estuve a su lado, traté de respirar por la boca, pero aún así, ese potente olor se introducía hasta lo más profundo de mi cerebro.
-¿Papá? –Conseguí decir después de aguantar una pequeña arcada.- ¿Papá?
Mi padre seguía en silencio, mirando la chimenea apagada, oscura, negra como un túnel que ofrecía una salida, o una bajada a los infiernos.
-Papá, por favor.- No sé por qué mi voz se quebró. Las lágrimas intentaban salir de mis ojos.- Papá, háblame.
Ninguna respuesta. Sólo se oía de forma tímida a mi madre sacar los cacharros para cocinar un nuevo plato y el viento que se estrellaba suavemente contra las ventanas de casa.
-Papá, ¿por qué estás aquí todo el día?
Silencio. Pasaron unos segundos eternos en los que desistí de cualquier tipo de comunicación con mi progenitor. Me iba a dar la vuelta, cuando la voz grave de mi padre sonó en un susurro. Hacía tanto tiempo que no le oía hablar, que apenas reconocí su timbre.
-Estoy esperando.
-¿Esperando? ¿Esperando a qué, papá? ¿A quién?
-A él.- su voz era pausada y tranquila, pero no era firme. Parecía dudar de lo que decía.
-¿Quién es él?
-Vendrá a buscarme… Pronto… Él… Vendrá…
-¿Quién es él?
-…Pronto… Él… Vendrá a buscarme… Y saldré de aquí… Para siempre… Él…
-¡Papá! ¿Quién es él?- Me estaba empezando a poner nervioso.
-Él… -Y se calló. Y no dijo más. Y enmudeció para siempre. Y no despegó ni un solo instante la mirada de aquella boca negra que era la chimenea.
Me di la vuelta y comencé a llorar. Volví a la habitación, mientras el olor de la tarta de manzana que estaba cocinando mi madre inundaba el pasillo.
Pasaron los días, las noches, los meses, un año, y todo seguía igual. Mi madre en la cocina, mi padre en el salón, yo en mi habitación. Una mañana me desperté para ir al colegio y vi la silla de mi padre vacía. Una descarga de miedo y de alivio recorrió mi cuerpo.
-Se ha ido. Han venido a por él.- dijo mi madre a mi espalda.
Me di la vuelta y vi su rostro avejentado pero tranquilo.
-¿Quién, mamá? ¿Quién ha venido a por él?
Después de una larga pausa, mi madre sonrió tímidamente y dijo:
-¿Acaso importa?
Entonces, dio media vuelta y arrastro con suavidad los pies hasta la cocina. Aquel día tocaba lasaña.
Nunca más volví a ver a mi padre vivo.

martes, 4 de noviembre de 2014

325



La conocí una noche de verano mientras golpeaba las vallas de madera de las casas del vecindario con la rama de un árbol. La vi apoyada en la puerta de su casa observándome, la saludé y ella sonrió. Teníamos diecisiete años y toda la vida por delante, aunque fuera mentira. Lo parecía. Yo no tenía ganas de volver a mi casa y ella se moría por salir de la suya. Hacía demasiado calor como para encerrarse entre cuatro paredes. Los grillos cantaban y ella se acercó hasta donde yo estaba. No perdió la sonrisa en ningún instante. Me enamoré nada más verla. Le propuse dar un vuelta y ella accedió. Agachó la cabeza ruborizada y comenzamos a andar. Caminamos hasta las afueras del pueblo sin apenas intercambiar palabras, aunque sí miradas. Cuando la calle se hundió en la oscuridad del campo, nos detuvimos y miramos atrás. No quería volver a aquel lugar. Deseé que la noche fuera eterna. Sé que ella pensó lo mismo. Tuve entonces la loca idea de robar un coche y huir lejos. Se lo comenté. Ella lanzó una carcajada y el sonido de su risa inundó mis oídos de armonía líquida.
“Hagámoslo”, dijo.
 “No sé conducir”, contesté avergonzado.
“Mi padre tiene una bicicleta”, comentó.
“Tampoco sé montar en bici.”
Ella rió aún más fuerte. Entonces, su risa no me pareció tan bonita.
“¿No sabes montar en bici? ¿En serio?”, preguntó aún riendo.
“Palabra.”
“No me lo puedo creer. ¿Cómo pensabas huir de aquí entonces?”
“No lo sé. ¿Andando?”
“¿A dónde, al pueblo de al lado?”
“Donde sea. Sólo quiero estar contigo.”
Ella me miró y vio algo que no le gustó.
“Me voy a casa”, dijo enfilando el camino de vuelta.
“¡Espera!”
Se detuvo.
“¿Qué quieres?”, preguntó aburrida
Me quedé en silencio mientras ella aguardaba una respuesta. No sabía qué decirle. Me miró con ojos cansados. Podría haberle dicho tantas cosas… Pero enmudecí comprendiendo la clase de persona que yo era.
“Nada”, conseguí decir en un susurro.
Ella suspiró y siguió andando.
“¡Por favor, no me vuelvas a saludar cuando me veas”, gritó para que la oyese.
La vi alejarse. Sólo pude hacer eso. Hasta que desapareció. Entonces cogí un palo del suelo y volví al pueblo sabiendo que jamás saldría de allí.