miércoles, 30 de julio de 2014

318



-¿Qué tienes ahí, compañero?
-¿Esto? Una cantimplora.
-¿Me darías un trago?
-Como quieras.
-¡Joder! ¿Qué cojones es esto?
-Orina.
-¿Orina?
-Sí, orina. Meado... Ya sabes. Por aquí hay poco que beber y que comer.
-Sí, pero…
-Sacamos el líquido de las vejigas de los cadáveres poco antes de enterrarlos.
-Estás de broma, ¿no?
-¿De qué parte del infierno has salido tú?
-De la batalla del puente.
-Entonces no comprendes nada. Vienes de un lugar donde el agua es abundante. Lo siento por ti. Has aterrizado en el peor sitio donde podrías imaginarte. Aquí hacemos cualquier cosa para sobrevivir. Hasta beber meado de muerto.
-¡Es asqueroso!
-Es supervivencia.
-Has dicho hacemos…
-Sí. ¿Qué pasa?
-No veo a nadie más por aquí.
-No queda nadie más que yo.
-Y ¿por qué no te vas?
-Tengo que defender nuestra posición. Es lo que prometí.
-Nadie vendrá para ayudarte.
-Has venido tú.
-Yo he llegado hasta aquí de casualidad, huyendo precisamente de toda esta mierda.
-¿No te vas a quedar?
-¿Por qué? ¿Para qué?
-No lo sé. Podría decirte cien mil cosas y todas ellas mentira.
-Siempre podrías venir conmigo.
-No puedo. Lo prometí…
-Lo prometiste… No lo comprendo.
-Lo sé. Es difícil. Pero soy un hombre de principios, y cuando prometo algo, lo cumplo. Hasta el final.
-¿Me das otro trago?
-A todo llega a acostumbrarse uno, ¿verdad?
-No está tan mal cuando te quitas de la cabeza lo que es.
-Después de la guerra voy a envasar mil botellas como esta. Las venderé a precio de oro y me haré rico.
-La verdad… No veo mucho negocio ahí.
-¡Cómo que no! La gente se peleará por beber algo así. La mezcla de cien orinas de muerto. Imagínatelo. Diré que tiene poderes afrodisiacos y todo el mundo se lo creerá.
-Sigo sin verlo. ¿Crees que las autoridades te lo van a permitir?
-¡Oye! ¿Quién eres tú?
-¿Cómo?
- ¿Quién te envía?
-Nadie.
-Entonces, ¿a qué has venido? Quieres quitarme la patente, ¿verdad?
-¿Qué patente?
-¿Que qué patente? ¡Mi negocio, joder! Quieres quedarte con mi negocio de ordeñar muertos.
-Me parece que te equivocas. Yo no quiero quedarme con ningún negocio tuyo, y menos ese. Sólo te digo que no creo que nadie quiera beber orina.
-¡Tú mismo has dicho que no está mal!
-¡Porque no hay nada más que beber!
-Ahí hay un pozo.
-¿Dónde?
-Detrás de ti.
-¿Tienes un pozo con agua y sigues bebiendo orina?
-¿Verdad que es deliciosa?
-¡Tú estás loco!
-La gente hará colas para beber algo así.
-Piensa lo que quieras. Yo me voy.
-No te vayas, por favor. Aún no.
-No quiero pasar ni un minuto más en este sitio.
-Pronto vendrán los otros.
-No va a venir nadie.
-¿Nadie?
-Como lo oyes. Nadie.
-Y, ¿de dónde voy a sacar la orina?
-Hay otras batallas. El continente entero está plagado de muertos.
-Sí, pero tendría que abandonar mi posición.
-A nadie le importará.
-A mí sí. Toda la vida sabré que he roto una promesa.
-Como quieras. Yo he de seguir mi camino.
-¿No tienes ganas de mear?
-La verdad es que no.
-¿Podrías rellenar la cantimplora con lo que has bebido?
-No tengo ganas de mear, lo siento.
-¿Vienes aquí, te bebes lo poco que me queda, intentas quedarte con mi negocio y te vas como si nada?
-Te repito que no quiero quedarme con ningún negocio tuyo.
-¡Cabrón!
-¡Eh! ¡Eh! ¡Sin faltar! Además, ¿por qué no bebes agua del pozo y cuando vayas a mear rellenas la cantimplora tú mismo?
-No es mala idea. Pero mi orina no sabe igual.
-¿Es de peor calidad?
-Es distinta. Es mía.
-Vale, vamos a hacer una cosa. Voy a esperar a tener ganas de mear, y cuando termine de rellenarte la cantimplora me iré y adiós muy buenas. ¿Te parece bien?
-¿Harías eso por mí?
-¡Claro! ¿Qué otra opción me queda?
-Entonces, me parece bien.
-¡Dios, espero que termine pronto este infierno! No sé qué más he de hacer para salir vivo de esta maldita guerra.
-¿Has probado la carne de niño?

martes, 29 de julio de 2014

317



Subo y bajo en el ascensor. Lo hago todos los días, pero hoy he decidido no salir. Tengo el presentimiento de que me llevará a algún sito distinto al edificio que recorre de arriba a abajo, como una vieja máquina del tiempo. Da igual dónde. ¿Una isla? Cualquier cosa es mejor que este sitio gris plagado de oficinas vacías. Oficinas o apartamentos, o qué sé yo. ¿Dónde estoy? Ella me dejó una carta. Sonrió antes de irse. Se colocó un viejo sombrero sobre su pelo rubio y salió por la puerta. La puerta… Quiero que se abran las puertas del ascensor. Todos los pisos son iguales. Luces apagadas. Falta de vida. Es imposible escapar de aquí. Pero no cejo en mi empeño. “No soporto más esta situación…”, escribió con letra de colegiala malcriada. “Me voy… No me busques”. Y no la busco. Sólo quiero emigrar. Quizá el ascensor no sea el mejor medio de transporte. Puede que no tenga otro a mano. “No me busques…” No tengo intención. Olvidar. Pero es imposible. Doy al botón del piso más alto para luego bajar hasta el sótano. Y vuelta a empezar. ¿Cuánto tiempo llevo así? No lo sé. Desde que se fue, quizá. Puede que toda la vida. Sin darme cuenta… ¡Qué más da! Sé que de un momento a otro las puertas se abrirán y veré un sendero oculto por el que podré desaparecer. Mientras tanto, espero. No dejo de esperar. Siempre esperando. No hay nada más. No existe más. “No me busques… Sólo quiero ser feliz”. Ser feliz… No lo era… Nunca lo fue…. No conseguí hacerla feliz. Y me lo dejó claro. Para que sus palabras fueran una tortura diaria en mi mente inmadura. Y las letras se clavan en mi cerebro gelatinoso y tembloroso como gusanos de grafito que hacen túneles en los pensamientos continuos. Sonrío, no sé por qué, quizá porque todo es un gran chiste. Aprieto de nuevo el botón. Miro arriba. Vuelo, me deslizo por el edificio. En algún momento saldré, y será para siempre. Cuando las puertas se abran como un telón hacia otro mundo. No me importa esperar. Es lo único que me queda. Último piso. Ahora abajo... y vuelta a empezar.

jueves, 24 de julio de 2014

316




Era un lunes por la noche cuando mi compañero y yo aterrizamos en la luna. Lo sé porque conté cada uno de los días que estuvimos fuera. Aunque puede que todo fuera mentira, o un simple sueño. Lo cierto es que cuando planté por primera vez  mi bota en el suelo lunar, me sentí alguien poderoso, pero al mismo tiempo algo tan insignificante como una mota de polvo flotando en el espacio. La falta de gravedad hizo que mi cabeza se alejase de mí. Pese a los infinitos entrenamientos recibidos, aquello era como flotar en líquido amniótico. Estabilicé el equilibrio, mientras mi compañero me cantaba desde la nave viejas canciones de la infancia para animarme. Comencé la exploración de nuestro viejo satélite recogiendo muestras de rocas y polvo. Sin darme cuenta, me alejé de la nave lo suficiente como para que ésta fuera un pedo en mitad de un océano negro. Mi compañero debió de quedarse dormido o se concentró en otras cosas más importantes que vigilar mis pasos. El silencio era sepulcral. Se pegaba al casco como una araña a su víctima. Temí que consiguiera romper el cristal protector del mismo, pero no fue así. En ese momento vi al perro  venir hacia mí. Apareció como de la nada, a unos escasos cien metros de mí, moviendo la cola y dejando caer un palmo de lengua de su boca. Confieso que el corazón se me aceleró tanto que creí que estallaría. Intenté calmarme mientras veía la figura del animal acercarse como si fuera una escena cotidiana reproducida en cualquier parque. Pero no era así. Estábamos en la luna. La ausencia de gravedad no parecía afectarle. Se movía como cualquier perro en la tierra, mientras que mis movimientos eran torpes y terriblemente ralentizados. Pensé en huir. Temí que aquel perro se lanzara sobre mí en un ataque furtivo y dañase algún punto vital de mi traje. Pero la actitud con la que venía y su aspecto de perro dócil y fiel, me hicieron arrodillarme y esperar su llegada. Cuando lo hizo, lamió con alegría incontenida el cristal del casco, mientras yo le acariciaba el lomo como podía. Sin embargo, era imposible que desaparecieran una serie de preguntas de mi cabeza: ¿Estaba el perro solo o tenía dueño? Y si era así, ¿dónde estaba? ¿Se escondía? ¿Me vigilaba? ¿Esperaba el mejor momento para atacar? Me entró el pánico. Agarré la cabeza del animal, le miré fijamente a los ojos, y le rompí el cuello tan rápido como pude. El perro ni se inmutó. Murió al instante. Me di la vuelta y di grandes y continuados saltos hasta alcanzar la nave. Tuve que mentir a mi compañero, convencerle de que corríamos algún peligro o que la nave podía averiarse, no lo recuerdo, para poder irnos de allí en ese mismo instante. Pese a los continuos interrogatorios de los mandamases de la tierra, no dije nada, me inventé cien mil excusas y volvimos a casa sanos y salvos. Era un lunes por la mañana cuando aterrizamos en la tierra. Lo sé porque tengo la cabeza tapada con una toalla delante del espejo y me tengo que ir a trabajar. No puedo respirar. ¿Es eso que suena un ladrido?

315



La mirada perdida en la ventana.  Amanece con lentitud ensoñadora. El cielo encapotado. Parece que va a llover. Tendré que coger el paraguas. No quiero mojarme. Al menos hoy no, por mucho que odie los paraguas. Es mi primer día, ese fatídico primer día para todo. Ideas que van y vienen y ninguna buena. Hoy comienzo de nuevo. Hoy se pone en funcionamiento la rueda que durante meses permanecía parada. El desayuno ante mí y el estómago cerrado. No tengo hambre. Los nervios, supongo. No me entra nada. Lo intento y lo escupo. Trago y vuelve a la boca. Es extraño, nunca antes me había pasado. Pruebo con un poco de pan tostado y en mitad del camino hacia el estómago,  vuelta atrás hasta el plato. No vomito, simplemente cae. Observo la comida masticada y sin digerir. Pequeñas montañas de papilla sin forma. Diversos colores que se mezclan y se mueven y se arrastran con lentitud por la superficie lisa de la porcelana. No sé si deliro. Yo sigo intentando que mi cuerpo acoja algo de alimento, pero es imposible. Ni siquiera brotan arcadas. Es un viaje de ida y vuelta sin trabas, como líquidos que pasan de una cubeta a otra. Extraño. No me duele nada. No siento nada. Es cierto que estoy nervioso, que la perspectiva de este nuevo futuro ya presente se me antoja decadente. Más que lo que ya he pasado. Mucho más. Y eso es difícil. Una continua vuelta atrás, o una caída libre hacia no sé dónde. Vuelvo a mirar por la ventana y la noche se ha convertido en una oscuridad grisácea que invita a dormir y tal vez soñar. Fuera el mundo comienza a despertarse y la idea que sobrevuela mi mente es desaparecer para siempre; coger el paraguas, tirar la llave de casa a una alcantarilla, elegir un camino y echar a andar sin intención de parar. Caminar y caminar y ver lo que me depara. No esperar. No ser. La idea es maravillosa, pero, por desgracia, inviable. Terminaré de desayunar, cogeré el paraguas, guardaré la llave en el bolsillo de la chaqueta y caminaré hasta mi nuevo presente intentando que las horas pasen rápidas. Es así, no hay vuelta de hoja. Pero primero tengo que terminar el desayuno. Al menos eso. Consulto el reloj. Aún tengo tiempo, no demasiado, el suficiente como para intentar que lo que hay en el plato finalmente descanse en mi estómago. Lo intento de nuevo. El tenedor detiene el movimiento constante de la comida de un lado al otro. Cojo una pequeña porción de alimento masticado. Con cierto asco, me lo introduzco en la boca. Apenas muevo la mandíbula, no hay nada que triturar. Trago. Siento la comida bajar por el esófago. Después se pierde. Espero un par de segundos. No pasa nada. Sonrío. Creo que es la primera vez que sonrío desde que dije que sí. Parece que todo está en su sitio. Hundo el tenedor en una porción más grande de mixtura de huevo, pan y café, y la meto en la boca, al mismo tiempo que lo tragado anteriormente cae de mis labios abajo de vuelta al plato. Observo lo regurgitado. Dejo caer el tenedor. Es imposible. Tendré que irme sin desayunar. No puedo perder más tiempo. Me pongo el abrigo, cojo el paraguas y esgrimo la llave ante mí. La observo. Me gustaría cerrar la puerta por dentro y no salir jamás, no tener que enfrentarme a lo que me espera fuera, refugiarme en este antro de paredes húmedas y dejar que el resto del mundo me olvide. Sin embargo, abro la puerta, salgo y echo la llave. Todo es inevitable. Sólo me dejo llevar. Ando un par de pasos y abro el paraguas poco antes de empezar a bajar las escaleras del portal. Está empezando a diluviar dentro del edificio y yo intento poner mi mejor cara... sin conseguirlo.
 




martes, 15 de julio de 2014

314


-¿Ves lo mismo que yo?
-Y, ¿qué ves?
-Lo que veo está delante de mí, de ti, de nosotras.
-Si tengo que verlo porque está delante de mí, de ti, de nosotras, entonces lo veo. Puedo verlo. 
-¿Puedes verlo?
-Sí, tengo ojos y la vista todavía me funciona bien.
-Descríbelo.
-¿El qué?
-Lo que estás viendo.
-No sé si te rieferes a lo mismo que estás viendo tú.
-No lo sé. Si no lo describes, nunca saldremos de dudas.
-Y, ¿por qué tenemos que salir de dudas?
-Para refrendar un hecho.
-No me convence.
-¿No te convence?
-No. No es la respuesta apropiada.
-¿Qué respuesta esperabas?
-Cualquiera menos esa.
-Casualidad.
-Eso es.
-Creo que cualquier respuesta hubiera sido inútil.
-Puede ser.
-No tienes muchas ganas de hablar.
-No es eso. Es que no tengo ganas de discutir sobre tonterías.
-No es una tontería.
-Para mí sí.
-Si no ves lo que yo veo, entonces no es ninguna tontería.
-No sé lo que ves. No quiero saberlo. No me interesa.
-Es posible que a ti también te afecte.
-¿El qué?
-Lo que se presenta ante nosotras. De hecho, es muy probable que así sea.
-Vale, lo comprobaré cuando sea pertinente.
-Puede que sea tarde.
-Puede que no me importe.
-La sangre se me sube a la cabeza.
-Por eso dices tantas tonterías.
-Es la gravedad.
-Es una embolia.
-¿Tenemos que estar colgadas boca abajo mucho tiempo?
-Lo desconozco. Nací así.
-Parece que lloverá de nuevo.
-Se nos mojarán las bragas.
-¡Qué remedio!
-Esto no es vida.
-Nunca lo fue.
-Nunca lo será.
-Colgadas...
-Como un par de murcielagos.
-No sé ni qué decir.
-Entonces calla. Tu silencio es lo más hermoso que tienes.
-¿Me despertarás si muero?
-Lo intentaré. No te prometo nada.
-Es lo que nos ha tocado vivir.
-Ver el mundo así...
-Puede que si nos damos la vuelta...
-Imposible.
-¿Imposible?
-Imposible. Ya lo intenté.
-¿Cuándo?
-No recuerdo. Hace tiempo.
-¿Y nada?
-Nada.
-¡Qué situación más absurda!
-¿No te ibas a callar?
-Iba a intentar morir.
-Hazlo.
-Si pudiera...
-Entonces calla y duerme. Es más sencillo y es casi igual.
-Puede que así sea.
-Lo es.
-¿Lo es?
-Lo será si lo haces.
-¿Y tú?
-¡Qué más da! Yo ya estoy muerta.
-Entonces rezaré por ti.
-No lo hagas. Me produce grima.
-Como quieras.
-Muere y resucita. Quizá veas otra perspectiva al despertar.
-Lo dudo.
-Yo también.
-¡Qué se le va a hacer!
-Es la vida que nos ha tocado vivir.

jueves, 10 de julio de 2014

313


Vi con terrible parsimonia a aquella mujer arrastrándose por el suelo de mi habitación. "¡Me voy a morir!", gritaba. Yo no podía hacer nada. No sabía qué hacer. Así que cogí mi vieja máquina de escribir y me fui a ver a Jonás "el polaco" que siempre estaba haciendo negocios en la parte de atrás de la taberna. Se dedicaba a la compra-venta de todo tipo de objetos y sacaba bastante beneficio por ello. Tenía fama de ser duro negociando, pero ya le conocía de anteriores veces en las que me había visto con el agua al cuello y había conseguido sacar un buen precio por mis cosas sin regatear demasiado. Tuve que esperar a que un anciano vendiera su propia dentadura de plástico para comenzar a hablar con él. Le ofrecí mi máquina de escribir y él me preguntó asombrado por qué quería deshacerme de ella. "Las musas ya no me visitan, amigo", contesté y obtuve como respuesta una triste mueca en su rostro ajado. "Las musas siempre visitan, pero hay que hacerles caso y no darles la espalda", respondió. Pensé en sus palabras y le pedí que me diera veinte billetes por mi vieja amiga de hierro. Dijo que no tenía tanto dinero, pero que si quería me daría cinco y un ataúd de segunda mano que le habían vendido aquella misma mañana.
-¿Para qué quiero un ataúd de segunda mano?- pregunté extrañado y asqueado.
Jonás "el polaco" se encogió de hombros.
-¿Quién sabe?- dijo.- Puede que lo necesites antes de lo que crees si vendes esa máquina de escribir. Además... Siempre hay algo que enterrar.
Pensé en la propuesta mientras me encendía un cigarro hecho a base de restos de otros cigarrillos. El fuerte sabor que inundó mi boca y pulmones me devolvió a la realidad más cruel. Acepté el trato. En menos de un cuarto de hora un par de ayudantes de Jonás "el polaco" trajeron el ataúd. 
-¿Por qué pesa tanto?- pregunté cuando lo fui a coger.
-Porque no viene vacío.- me informó el bueno de Jonás.- Tiene dentro a una mujer que ha muerto hace un día. No más.
-¿Quieres que me lleve un cadáver a casa?- pregunté con un hilo de voz saliendo de mi boca en forma de grito agudo.
Jonás "el polaco" volvió  a encoger los hombros en un claro gesto de que aquello ya no era asunto suyo. El trato se había cerrado. Se dedicó a darme la espalda mientras negociaba la venta de una pistola rota con un chiquillo que no levantaba más de dos palmos del suelo. Pedí a sus ayudantes que me ayudasen a llevar el ataúd a casa y accedieron a cambio de uno de los cinco billetes que había ganado con el negocio de la máquina de escribir. Dejaron el féretro en mitad del salón diáfano y cuando se fueron me quedé a solas con ese trozo de madera cuyo atractivo era mínimo. Abrí la tapa y vi a una mujer joven, de unos veintitantos casi treinta años, tan pálida y fría que di un respingo. Sin embargo, su belleza me cautivó al instante. Saqué el cadáver de la caja y lo senté en el suelo. La miré y me dije que sería una buena compañía en esta casa muerta. Sonreí. Me acordé de la otra mujer, la que agonizaba gritando poco antes de salir de casa. Fui a la habitación. Me la encontré resollando, con apenas vida. "Ya no te necesito", dije sin saber muy bien por qué. La cogí por debajo de los brazos y la llevé hasta el salón. La metí en el ataúd y lo cerré tan fuerte como pude. El estruendo se propagó por la casa vacía de enseres en un eco eterno que hizo sangrar mis oídos. Miré a la joven muerta. En un par de días empezaría a oler. Tiempo suficiente. Me maldije por no encontrar cosas interesantes sobre las que escribir, por tener que abandonar definitivamente la literatura. Jonás "el polaco" se equivocaba. Las musas no visitan a todo el mundo. Al menos, nunca fui consciente de su presencia. En todo eso pensaba mientras desnudaba el cadáver de la chica, poco antes de llevarlo a la cama y dormir abrazado a él e intentar soñar algo bonito sin conseguirlo.