jueves, 5 de marzo de 2015

343





Sacudo el polvo que acumulan mis dientes tras contar historias de personajes acabados, sin futuro, que duermen en camas de cristales rotos y afiladas pesadillas que se meten en la mente obtusa de un titular de periódico, prefiero historias más sencillas, una muchacha que riega el jardín de su casa con su propia menstruación para que las flores le hablen, tal es su soledad, sin el susurro de sus voces es complicado dormirse, el reflejo de la luna cristaliza sus ojos hasta provocar fulgores de leche cruda que le impiden descansar y tal vez soñar, da vueltas en la cama, con el cuerpo desnudo y cubierto de sudor aceitoso que gotea por ambos lados del colchón formando charcos hediondos en el suelo de la habitación, las pesadillas son terribles, los insectos salen de agujeros en la pared cubiertos de moho mientras el suelo se levanta por la humedad del calor sexual que despide su cuerpo, su boca susurra lamentos orgásmicos, emergen cabezas de hombres del suelo pero nadie habla, silencio, la observan, la desean, no se pueden mover, ni una palabra estúpida vomitada de sus bocas sin labios, sólo el vecino de al lado se queja y golpea la pared con sus puños, nadie puede dormir en el vecindario, se encienden las luces de forma escalonada, las flores, mientras tanto, cantan oscuras baladas de amor, el cuerpo de la chica se retuerce en la cama, duerme sin dormir, sin descansar, sin ser, y su vagina escupe los últimos restos de una menstruación adelantada que provoca su angustioso despertar, grita desesperada, el vecino golpea la pared, las flores cantan, las cabezas de los hombres se miran entre sí desconcertadas, desconociendo el significado de la escena, se esconden de nuevo en el suelo en completo mutismo, la tarima vuelve a su forma habitual, caen cucarachas del techo, hace un calor horrible, el vecino golpea la pared, la policía se acerca alertada, hay sangre en la cama pero es suya, muchacha de cabellos de oro que siente la ansiedad golpear su garganta, si la encuentran la encerrarán, no hay razón alguna para ello, pero así será, el vecino golpea la pared, nadie puede dormir en esta primera noche de regla, alguien grita pero no es ella, alguien grita y el vecino deja de golpear la pared, la quietud conquista la noche, incluso la policía se aleja, las flores enmudecen, la luna se esconde avergonzada tras unas nubes que amenazan tormenta, es posible que finalmente se pueda dormir con tranquilidad, es posible… Me voy a la cama.

jueves, 26 de febrero de 2015

342





Recuerdo a mi psiquiatra preguntarme con insistencia por mis eyaculaciones. Le veo mirarme fijamente mientras formula repetidas veces la misma pregunta. Desconozco si estoy siendo víctima de una broma. Le digo que todo normal. Me explica que las pastillas que tomo pueden afectar a mi rendimiento sexual. No es que no me importe lo que dice. Sencillamente quiero salir de la consulta cuanto antes. No me pongo nervioso, ni me afecta que me pregunten sobre mi capacidad sexual. En aquella época me importaba más bien poco todo. Sin embargo, creo captar cierto sadismo encubierto en sus palabras; cierta malignidad en su mirada. Tengo ganas de irme. No quiero ser objeto de burla de un hombre al que veo por primera vez. Ni siquiera es mi psiquiatra, sino el suplente de la mujer que ha venido tratándome durante diez años. No quiero que sepa nada de mí. No serviría de ayuda. Lo que quiero es irme, salir corriendo de la consulta y perderme. Quizá volver a casa, una casa vacía en la que sus habitantes se han marchado y cada día se esfuman muebles y recuerdos. Una vez allí, hundirme en mi propia miseria. ¿Relaciones sexuales? Apenas tengo de eso. Sí, lanzo eyaculaciones tan grandes que creo que voy a atrancar el váter en alguna de las pocas masturbaciones que realizo. ¿Quieres oír eso, enfermo? Sin embargo, permanezco sentado, en silencio, con las manos sudando y la mente en otra cosa. Miro al suplente de mi doctora y me gustaría arrancarle la cabeza; ver cómo se desangra ante mis ojos en un sufrimiento extremo hasta que finalmente muera. Su voz llega a mí en ecos acuosos, como en un sueño del que no puedo despertar. Me dice que puedo empezar a dejar las pastillas, pero no me veo capacitado a ello. Son muchos los problemas que me asaltan. Siempre ha sido así. Siempre lo será. Nunca sabré hacerlos llevaderos. Los problemas. Me muerdo las uñas, muevo las piernas de forma frenética. Quiero irme, revolcarme en mi propia mierda, hacer del sufrimiento mi día a día, y quizá escribir. Escribir… Ni siquiera eso puedo. Soñar… Ya no. Sólo dejarme llevar y vivir. Vivir… porque no sé ni puedo acabar con lo que soy. Ya entonces no podía. El suplente se levanta de la silla. Odio su sonrisa fría. Se acerca a la puerta y la abre. Me levanto. La sesión ha terminado. Me explica qué tengo que hacer para ir dejando poco a poco las pastillas. No quiero prescindir de ellas. Sin embargo, asiento y digo que así lo haré, sabiendo que miento, que no haré lo que me dice. Se despide de mí acentuando esa sonrisa de tiburón. No miro atrás. Salgo de la consulta. Bajo las escaleras aliviado y la calle me recibe con frialdad. ¿A dónde dirigir mis pasos? Lo desconozco. Cualquier camino que escoja será el menos indicado, eso lo sé. ¿Eyaculo con normalidad? No lo sé, señor doctor. Tengo cosas más importantes en las que centrarme que pensar en si eyaculo o no con normalidad. Tal vez si me creyese una persona y no un desecho humano… Tal vez si hubiera un pequeño atisbo de optimismo… Tal vez si no estuviera tan machacado pensaría en eyacular tantas veces como se me permitiese. Escribiré para intentar salir del túnel. Eso pensé. Eso dije. Eso pasó hace siete años y sigo tomando las mismas pastillas. Esas pequeñas pastillas blancas que prometen lo que no dan. Y todo sigue igual, pero eyaculo perfectamente.

martes, 17 de febrero de 2015

341



Una vez vi una bruja. Hace mucho tiempo. Era un niño. Seis o siete años, como mucho. Impresionable y crédulo. Temeroso por todo y por todos. Una vez vi una bruja. Fue en mi barrio. Lo más alejado de castillos abandonados y bosques encantados. En una calle de mi barrio, en la ciudad en la que me crie. Una vez vi una bruja y aún lo recuerdo. Como si fuera ayer. Como si estuviera sucediendo en este instante. No volaba en su escoba. Ni siquiera hacía conjuros, pero todos sabíamos que era una bruja. O nos creímos lo que uno de los niños gritó al verla.  Éramos unos cuantos críos que matábamos el tiempo chillando y jugando a lo largo y ancho de la calle. Sin vigilancia parental, así fue nuestra infancia. Al menos, la presencia de nuestros padres no era tan omnipresente, lo que nos daba una falsa sensación de libertad que jamás volví a tener. Entonces, alguien gritó, no recuerdo quién. Ni siquiera me acuerdo con quién estaba jugando. Sólo puedo recordar que había también niñas. Imposible ponerles cara. Alguien gritó, un niño, o una niña, y señaló a una ventana que estaba por encima de nosotros. Era un piso alto, aunque con la perspectiva del tiempo podría tratarse de un segundo o un tercer piso. Quién sabe. Alguien gritó, y todos oímos con claridad la palabra bruja. Recuerdo levantar la vista y encontrarme con la figura de una mujer con medio cuerpo fuera de la ventana. Los brazos colgando, la cara como ennegrecida, el pelo oscuro y revuelto. Me asusté al ver sus ojos. Exagerados. Congestionados de expresión. Suplicantes. No recuerdo si di un paso atrás, pero comprobé cómo todos los niños gritaban “bruja” y señalaban a la mujer. Un pequeño río de sangre salía de su boca. Su cuerpo, extraño y voluptuoso, se movía en espasmos terribles. Vi cómo le salían dos terribles manos de su espalda, que se agitaban y golpeaban todo aquello que encontraban a su paso, para luego volver a desaparecer. Miré a mis amigos. Algunos sonreían. Otros se limitaban a intentar esconder su miedo. Un par de niñas salieron corriendo. Las vi alejarse. Deseé ser como ellas y huir, pero eso habría arruinado mi inmaculada reputación. Me quedé allí como un valiente sin serlo, con los pies pegados al suelo y el terror pinchando cada uno de mis nervios. Miré de nuevo a la bruja. Seguía produciendo esos espasmos artificiales, mientras su mirada perdida paseaba por encima de nosotros. Me uní a los demás niños. Levanté mi brazo y grité “bruja”. Al principio de forma suave. Luego, se convirtió en un grito sacado de lo más profundo de mis entrañas infantiles. Era el miedo que me podía. Aun así, me sentí mejor. Me pregunté dónde estarían mis padres, dónde se escondían los adultos. La bruja soltó un grito que desgarró el aire. En mi corta vida había oído nada semejante. Creo que después tampoco. Se hizo el silencio. Todos nos quedamos callados, acongojados ante aquel vómito de sentimiento que no sabíamos traducir. Bajamos los dedos acusadores mientras temblábamos aterrados. Sin excepción. Entonces, todos salimos corriendo. Respiré aliviado. Todo había terminado y conseguí salir indemne de aquella pesadilla. No volví a pensar en la bruja por el resto del día. Cualquier juego nuevo ocupó mi mente. Sin embargo, no he podido borrar las imágenes de lo sucedido aquella tarde. Granuladas por el tiempo; teñidas por un ligero tono sepia. Años más tarde me enteré de lo que había sucedido en realidad. No recuerdo cómo me llegó tal información ni quién me la facilitó. Sólo sé que aquella tarde, ninguna bruja surgió de la ventana de su piso para asustar a unos niños estúpidos.Se trataba de una mujer normal y corriente, como mi madre, o la madre de cualquiera de los que allí estábamos. Lo que pasó es que aquella mujer estaba siendo asesinada por su marido, y nadie hizo nada por evitarlo. Nadie hizo nada, excepto gritarla “bruja”.
Una vez vi una bruja, y no sé cómo arrancarme esta culpa desde entonces.

martes, 10 de febrero de 2015

340



Mirar adentro para seguir mirando fuera. Ver las mismas cosas. Lo mismo. Igual. Mirar para no ver. Ser un cuerpo que no ve, que se expone pero que no es visto. Como en los viejos tiempos. Siempre igual. Un cuerpo sin mente. Una mente que no quiere cuerpo. Un fracaso tras otro. Una negrura endiosada. Para no ver. Sin ser. O siendo, pero siempre lo mismo. Condenado a andar los pasos ya andados. Sensación de lo ya vivido. Eterno retorno. Eterno vómito. La náusea que ataca la boca, la hincha, juega con los glándulas salivares. Cosquilleo absurdo. Y mientras, todo sigue igual. Igual que ayer. Igual que hace diez, quince, veinte años. Y así seguirá. El cuerpo expuesto, pero nadie lo compra. No hay precio demasiado bajo para hacerle justicia. Y la mente muerta, junto con el pensamiento y la imaginación. Todo muerto ahí dentro. Todo desordenado, infecto, cubierto de telarañas. Oscuro. Volátil. Qué decir. Qué contar si contado ya está todo. Imaginación blanca lechosa que rebosa por las orejas. Sin esfuerzo no hay recompensa. Ni una cosa ni otra. No hay nada. Nada de nada. La recompensa es el fracaso para seguir fracasando. Mentirse y decir que todo es posible. Pero no lo es. Aun así, continuar con la mentira hasta la muerte y después ver que todo ha sido una farsa. Reír si es posible. No, no lo es. O sí. Quizá soltar una carcajada, pero nada cambiará. No sentirse mejor. No ser mejor. Ser el mismo que hace cinco, diez, veinte minutos, y extenderse en el tiempo. No en el espacio. El cuerpo ocupa el mismo. El cuerpo, como en los viejos tiempos. No pensar, porque el pensar duele. El razonar. El intentar ser. Pero más duele el vacío, la nada. No, dolor no. Ausencia de dolor. Ausencia de todo. No existir. El pensamiento de la no existencia es lo que duele. El razonamiento de la propia existencia es lo que mata. Y seguir viviendo lo mismo. Como en los viejos tiempos. Como ayer, la semana pasada o hace cinco años. Y nadie quiere comprarte, porque todo el mundo te ignora. O saben lo que vales. Por mucho que te subas a una piedra y te expongas. Por mucho que te pongas de puntillas y alces la cabeza. No existes. Nadie oye tus gritos. ¿Gritas? A veces. Mirar para adentro y no ver lo que hay fuera. No poder. No hablar para no malgastar, para fracasar antes de tiempo. Para poner de manifiesto el fraude. Como en los viejos tiempos. Quitarse la ropa, despegarse la piel de los músculos. Dejar caer la mandíbula, hasta que ésta toque el pecho. Hacer agujeros en el suelo y en el cráneo. Sufrir con dolor. Dolerse con sufrimiento. Sentir la agonía. Y no poder hacer nada al respecto. Levantarse con temblores y desear volver al sueño. Despertarse en el mismo sitio, en la misma postura, con el mismo ánimo. Y no cambiar. Y no recular. No decir. No poder expresar. Porque la expresión es el propio fracaso. La misma incertidumbre. Y las uñas mordidas hasta hacer sangre. Pero la sangre no sabe a nada. No. Sólo la lengua abultada, tumefacta, ocupa toda la boca y surge por los labios cerrados. Cerrados y clausurados. Hartura de hablar y quejarse y decir y no contar y reír sin ganas. No, no reír. Como en los viejos tiempos.