jueves, 9 de abril de 2015

346





                Manuel quiere un zumo, pero nadie ha exprimido las naranjas.  Observa la vitrina vacía y se pregunta enojado qué es lo que ha fallado. Manuel podría ir a comprar naranjas, pero no quiere salir de casa, o no puede, o le es imposible. Lleva tiempo inventándose excusas que a nadie importan para no tener que abandonar un apartamento que en estos momentos arde por los cuatro costados. Mira el fuego con despiadada frialdad poco antes de abrir la nevera y quemarse con el tirador al rojo vivo. Ni siquiera se queja. “Yo era joven hace tiempo”, musita. Observa el interior de la nevera, y el frío vacío revienta el estómago vacío de un día vacío envuelto en llamas. “¡Mierda!” No hay nada que llevarse a la boca. Manuel se da la vuelta y se dirige al salón acompañado de lenguas de fuego que rebosan la estancia e intentan lamerle. En el pequeño salón del cuarto de estar de una habitación cualquiera, ella desayuna tranquila y meditabunda. Manuel se acerca y mira ese rostro del que, en algún momento pasado, se enamoró con locura. Ahora sólo ve restos de comida en una boca que le habla pero que nada dice, pues nada tiene que decir. Ridiculeces que retrasan el sabor del huevo duro enmudecido por la ventisca del sistema decimal. Caen las cortinas completamente quemadas, y Manuel pregunta por su zumo. Chasquidos de una mandíbula que se abre y se cierra. Ella se encoge de hombros, se atusa el pelo y sonríe. Recoge con la lengua pedazos de huevo que cuelgan de su boca roja como un sexo abierto. Observa al cónyuge y no puede evitar vomitar en el suelo. Ella se levanta, se limpia con delicadeza nauseabunda los contornos de la boca y esboza una amarga sonrisa caleidoscópica. Las paredes escupen fuego. La mujer se pone el abrigo y sale por la puerta sin despedirse. Manuel  desea su zumo, y quizá un par de galletas, pero no quiere salir de casa. O no puede. O no quiere. O le es imposible. O no quiere. Reza para que alguien le ayude, pero ni siquiera sabe rezar. O no quiere saber. O no puede saber. O sencillamente no sabe. O no quiere la amistad floja que arropa el desencanto eterno de una mirada fría hundida en un zumo de naranja ácido cristalino revuelto en el ambiente edulcorado de un infierno que derriba la casa. Arden las paredes y no hay nada que hacer. Manuel se sienta en el sofá calcinado y espera, sin saber el qué.

jueves, 12 de marzo de 2015

345





En la habitación de invitados hay alguien, lo sé, le oigo, puedo sentirlo, hay alguien en la habitación de invitados, encerrado, hablando solo, riendo, a veces discutiendo y paseando, sin permitir el paso a nadie, pero yo no tengo habitación y mucho menos invitados, quién hay y dónde estoy es fácil de saber, en la habitación de invitados hay alguien, alguien que se ha encerrado, de eso estoy seguro, ha echado el pestillo, canta y habla solo, y en contadas ocasiones pasea y arrastra sus pies por el suelo, soy yo, pero yo no estoy invitado por nadie ni nadie me ha permitido entrar aquí, por lo tanto… ¿dónde estoy? ¿quién soy? es fácil de adivinar, en la habitación de invitados no hay nadie y nadie ríe ni canta ni habla solo, la habitación de invitados es nada, pues nada es, o puede que únicamente sea el reflejo del espejo en el que me miro en mi propia habitación, sin ver más allá, ya que en realidad no hay nada, no existe nada, el vacío, esa es la habitación, ese es el invitado, el único que hay, que no tiene anfitrión ni ha sido atraído a sitio alguno con un propósito específico, es él quien después de la fiesta que nunca se produjo puede vomitar a gusto en el suelo, nadie dirá nada pues nada podrá decir nadie, a excepción del único invitado que no es tal y que cierra la puerta de una habitación que no existe, o sí, en la habitación hay un invitado, en el invitado está la habitación, me meto en el invitado para poder dormir en la habitación, cierro el invitado, me encierro en la habitación y hablo con el invitado, pero en realidad hablo solo porque no hay invitado, el invitado soy yo, entonces me abro para poder entrar en la habitación de invitados y descansar, una vez dentro cierro al invitado hablo con la habitación, pero ésta no responde, por lo tanto hablo solo, si en realidad soy yo el que habla, estoy seguro de ser el que escucha, pero no el que habla, en la habitación hay un invitado y una habitación y un monólogo que nadie escucha, el monólogo dentro del invitado y el invitado dentro de la habitación, y todo ello en el interior de quién sabe quien, se cierra una puerta del invitado para abrir la de la habitación y cerrar el monólogo, pero nadie habla, sólo canta, y discute, y ríe, y llora, y a veces se calla antes de abrir al invitado y encerrarse en la habitación para continuar con el monólogo que no existe en un tiempo que ha vencido y por fin descansar, en la habitación de invitados hay alguien pero me resulta imposible conocer quién es, tengo cosas más importantes que hacer que preocuparme por invitados que no he invitado a habitaciones que no tengo, quién sabe, ni siquiera soy yo

martes, 10 de marzo de 2015

344



Sus pies desnudos manchados de pintura encima de mis piernas

Es cierto, hay mucho en lo que pensar

Mucho de lo que arrepentirse

Y quizá, hasta mucho por lo que llorar.

Si, lo sé, hay mucho por lo que quitarse de en medio,

Tirar la toalla, renunciar y evaporarse,

Tragarse una caja entera de pastillas

Y dormir para nunca más despertar.

Hay mucho por lo que sentirme el ser más despreciable,

Insignificante,

Repugnante,

Asqueroso y repulsivo de todo este imperio de mierda.

Y sin embargo, alejo todos esos pensamientos

Para concentrar mi mirada en sus pies desnudos

Manchados de pintura.

Podría estar así, en silencio, admirándolos hasta caer muerto.

Podría, no exagero ni miento.

Y aunque me dice que no

Con una sonrisa que ilumina todo su hermoso rostro,

Intento besarlos,

Acariciarlos,

Arrullarlos al amparo de mi pecho.

Son la prueba de lo que ella es.

De lo que ama, por lo que lucha,

Del arte que inunda su cuerpo,

De la belleza que la caracteriza

Y que emana como un candil en la oscuridad

De un mundo apagado.

Me hace sentir insignificante

Como si estuviera ante una diosa cuya indiferencia podría matarme

Y  cuya mirada es capaz de  destruirme

En  una sobredosis de sentimientos lacónicos y tiernos.

Adoro la suciedad que se perfila entre los dedos de sus pies,

Los pigmentos de diferentes colores que se introducen en sus uñas,

La blancura de su piel, que destaca sobre la amalgama de tonos.

Y me sumerjoo en esos colores,

Como en un sueño hipnótico,

Mientras suena alguna canción que nos gusta

Y ella permanece en silencio.

Nos acabamos a largos tragos

Una botella de tinto tan rojo

Como la sangre que bulle en mis venas de plástico duro.

No quisiera estar en otro lugar ni en otro momento.

Es la perfección hecha escena,

Y ella es el sueño que siempre tuve.

Es la prueba evidente de que,

Pese a vivir en el infierno de una mente torturada,

Absurda

Y estúpida,

Siempre hay algo por lo que merece la pena seguir,

Sentir,

Dejarse llevar,

Y apostarlo todo.

No todo es fútil e intrascendente

Ella no lo es.

Sus pies no lo son.

Estas manchas de pintura…

Todo lo que ella significa…

Hacen que el día anterior sea un mal sueño

Y el mañana se convierta en algo que merezca la pena vivir.

Sonrío antes de intentar besar de nuevo esos pies sucios

Por los que muero,

Y nos enzarzamos en una lucha

En la que su risa contagia mi alegría.

Risas sinceras y amor auténtico.

Magia.

Nada más que decir

jueves, 5 de marzo de 2015

343





Sacudo el polvo que acumulan mis dientes tras contar historias de personajes acabados, sin futuro, que duermen en camas de cristales rotos y afiladas pesadillas que se meten en la mente obtusa de un titular de periódico, prefiero historias más sencillas, una muchacha que riega el jardín de su casa con su propia menstruación para que las flores le hablen, tal es su soledad, sin el susurro de sus voces es complicado dormirse, el reflejo de la luna cristaliza sus ojos hasta provocar fulgores de leche cruda que le impiden descansar y tal vez soñar, da vueltas en la cama, con el cuerpo desnudo y cubierto de sudor aceitoso que gotea por ambos lados del colchón formando charcos hediondos en el suelo de la habitación, las pesadillas son terribles, los insectos salen de agujeros en la pared cubiertos de moho mientras el suelo se levanta por la humedad del calor sexual que despide su cuerpo, su boca susurra lamentos orgásmicos, emergen cabezas de hombres del suelo pero nadie habla, silencio, la observan, la desean, no se pueden mover, ni una palabra estúpida vomitada de sus bocas sin labios, sólo el vecino de al lado se queja y golpea la pared con sus puños, nadie puede dormir en el vecindario, se encienden las luces de forma escalonada, las flores, mientras tanto, cantan oscuras baladas de amor, el cuerpo de la chica se retuerce en la cama, duerme sin dormir, sin descansar, sin ser, y su vagina escupe los últimos restos de una menstruación adelantada que provoca su angustioso despertar, grita desesperada, el vecino golpea la pared, las flores cantan, las cabezas de los hombres se miran entre sí desconcertadas, desconociendo el significado de la escena, se esconden de nuevo en el suelo en completo mutismo, la tarima vuelve a su forma habitual, caen cucarachas del techo, hace un calor horrible, el vecino golpea la pared, la policía se acerca alertada, hay sangre en la cama pero es suya, muchacha de cabellos de oro que siente la ansiedad golpear su garganta, si la encuentran la encerrarán, no hay razón alguna para ello, pero así será, el vecino golpea la pared, nadie puede dormir en esta primera noche de regla, alguien grita pero no es ella, alguien grita y el vecino deja de golpear la pared, la quietud conquista la noche, incluso la policía se aleja, las flores enmudecen, la luna se esconde avergonzada tras unas nubes que amenazan tormenta, es posible que finalmente se pueda dormir con tranquilidad, es posible… Me voy a la cama.

jueves, 26 de febrero de 2015

342





Recuerdo a mi psiquiatra preguntarme con insistencia por mis eyaculaciones. Le veo mirarme fijamente mientras formula repetidas veces la misma pregunta. Desconozco si estoy siendo víctima de una broma. Le digo que todo normal. Me explica que las pastillas que tomo pueden afectar a mi rendimiento sexual. No es que no me importe lo que dice. Sencillamente quiero salir de la consulta cuanto antes. No me pongo nervioso, ni me afecta que me pregunten sobre mi capacidad sexual. En aquella época me importaba más bien poco todo. Sin embargo, creo captar cierto sadismo encubierto en sus palabras; cierta malignidad en su mirada. Tengo ganas de irme. No quiero ser objeto de burla de un hombre al que veo por primera vez. Ni siquiera es mi psiquiatra, sino el suplente de la mujer que ha venido tratándome durante diez años. No quiero que sepa nada de mí. No serviría de ayuda. Lo que quiero es irme, salir corriendo de la consulta y perderme. Quizá volver a casa, una casa vacía en la que sus habitantes se han marchado y cada día se esfuman muebles y recuerdos. Una vez allí, hundirme en mi propia miseria. ¿Relaciones sexuales? Apenas tengo de eso. Sí, lanzo eyaculaciones tan grandes que creo que voy a atrancar el váter en alguna de las pocas masturbaciones que realizo. ¿Quieres oír eso, enfermo? Sin embargo, permanezco sentado, en silencio, con las manos sudando y la mente en otra cosa. Miro al suplente de mi doctora y me gustaría arrancarle la cabeza; ver cómo se desangra ante mis ojos en un sufrimiento extremo hasta que finalmente muera. Su voz llega a mí en ecos acuosos, como en un sueño del que no puedo despertar. Me dice que puedo empezar a dejar las pastillas, pero no me veo capacitado a ello. Son muchos los problemas que me asaltan. Siempre ha sido así. Siempre lo será. Nunca sabré hacerlos llevaderos. Los problemas. Me muerdo las uñas, muevo las piernas de forma frenética. Quiero irme, revolcarme en mi propia mierda, hacer del sufrimiento mi día a día, y quizá escribir. Escribir… Ni siquiera eso puedo. Soñar… Ya no. Sólo dejarme llevar y vivir. Vivir… porque no sé ni puedo acabar con lo que soy. Ya entonces no podía. El suplente se levanta de la silla. Odio su sonrisa fría. Se acerca a la puerta y la abre. Me levanto. La sesión ha terminado. Me explica qué tengo que hacer para ir dejando poco a poco las pastillas. No quiero prescindir de ellas. Sin embargo, asiento y digo que así lo haré, sabiendo que miento, que no haré lo que me dice. Se despide de mí acentuando esa sonrisa de tiburón. No miro atrás. Salgo de la consulta. Bajo las escaleras aliviado y la calle me recibe con frialdad. ¿A dónde dirigir mis pasos? Lo desconozco. Cualquier camino que escoja será el menos indicado, eso lo sé. ¿Eyaculo con normalidad? No lo sé, señor doctor. Tengo cosas más importantes en las que centrarme que pensar en si eyaculo o no con normalidad. Tal vez si me creyese una persona y no un desecho humano… Tal vez si hubiera un pequeño atisbo de optimismo… Tal vez si no estuviera tan machacado pensaría en eyacular tantas veces como se me permitiese. Escribiré para intentar salir del túnel. Eso pensé. Eso dije. Eso pasó hace siete años y sigo tomando las mismas pastillas. Esas pequeñas pastillas blancas que prometen lo que no dan. Y todo sigue igual, pero eyaculo perfectamente.